Las ceniceras de Amagro
Un documento de 15911 revela la importancia de la montaña de Amagro en la economía del noroeste de Gran Canaria a través de una actividad escasamente estudiada: la extracción de ceniza vegetal para la elaboración de azúcar de caña en los ingenios del siglo XVI.
Una cuestión toponímica previa
En el documento analizado se utiliza el término Amago. Esta variante parece haber sido común durante los primeros tiempos de la colonia, ya que coincide con las fórmulas empleadas en el juramento de los antiguos canarios («Tis Amago» y «Atis Amagro»). Asimismo, en otro manuscrito de 1579, se localiza el área con la siguiente descripción: «donde se dize Lagaçal, que es entre la montaña de Mago y la dicha montaña de Pico de Viento»2.
Algunos aspectos técnicos del contrato
El núcleo del documento es un acuerdo firmado el 28 de octubre de 1591 entre Hernando Díaz, minero y vecino de Guía, y Juan de Herrera de Contreras, natural de Toledo y residente temporal en la isla. De cara a la zafra de 1592, el documento detalla los siguientes aspectos logísticos y técnicos:
• El producto y su función: Hernando Díaz debe fabricar toda la ceniza que precise el ingenio azucarero de Agaete. En esta época, la ceniza era un insumo fundamental para elaborar la lejía necesaria en el proceso de refinado del azúcar.
• Volumen de producción: Un mes antes de comenzar la molienda, el minero deberá empezar la quema hasta tener listos 30 costales de ceniza. Esta cantidad equivale a cerca de 1,000 litros, dado que en Canarias el costal equivalía tradicionalmente a media fanega o fanegada.
• Logística y penalizaciones: El transporte (acarreto) de la ceniza desde el quemadero corre a cargo del comprador (Herrera). Sin embargo, el productor se compromete de forma estricta a tenerla lista a tiempo (aviamiento). Si el ingenio se detuviera por falta de ceniza, Díaz tendría que pagar de su bolsillo todos los costes y pérdidas del parón («daños, menoscabos, soldadas, jornadas y comidas que siguieren»).
• El pago por "tarea": Se establece una retribución de 10,5 reales por cada «tarea de a nueve calderas» que se procese con su material, recibiendo un adelanto de 40 reales como garantía.
El proceso químico en los ingenios coloniales
En los siglos XV y XVI, se llamaba lejía a una solución altamente alcalina y cáustica que se obtenía al filtrar agua hirviendo a través de ceniza vegetal. En los ingenios azucareros, este compuesto no se utilizaba para "limpiar" en un sentido doméstico, sino que cumplía un papel químico crucial:
1. El problema de la acidez: Al triturar la caña, el jugo extraído (guarapo) es naturalmente ácido y arrastra impurezas (ceras, proteínas, tierra y restos vegetales). Si no se corrige la acidez, el calor destruye la sacarosa, impidiendo que cristalice y convirtiéndola en una melaza oscura imposible de granular.
2. La solución del "templado": Para neutralizar el caldo hirviendo, los maestros azucareros añadían agentes alcalinos en un proceso llamado «templar» o «purgar». En Canarias se combinaba cal con lejía de ceniza. Al verter la lejía (rica en carbonato de potasio o de sodio), el pH del jugo subía drásticamente, provocando que las impurezas orgánicas coagularan y flotaran en la superficie en forma de una espuma espesa (escumas).
3. El blanqueado final: Tras retirar las espumas con grandes espumaderas, el jugo quedaba limpio, transparente y listo para su concentración por evaporación. El uso de cenizas vegetales específicas ayudaba notablemente a aclarar el color final del azúcar, permitiendo obtener el codiciado azúcar blanco refinado, el producto más valioso en los mercados europeos.
Dada esta dependencia química, si el minero se retrasaba con la entrega, las calderas del ingenio se detenían por completo; era imposible procesar la caña sin este compuesto natural.
Botánica histórica: «Lava mansa y salvaje»
El contrato especifica que la ceniza debe hacerse en la montaña de Amagro o en la de Guayedra, y que ha de ser de «lava mansa y salvaje como se suele hacer». Esta mención no tiene relación con la roca volcánica, ya que la palabra "lava" con su significado geológico actual no se introdujo en el castellano hasta el siglo XVIII (del italiano).
En el castellano antiguo y en el habla rural de las islas, "lava" era el nombre común de ciertas plantas de la costa, científicamente conocidas como halófitas (que crecen en suelos con alta salinidad), las cuales poseen un extraordinario contenido alcalino. La distinción responde a dos tipos de especies, englobadas popularmente como barrillas y salados:
• La Lava Mansa: Se refiere muy probablemente a la barrilla común o cultivada (Mesembryanthemum crystallinum). Recibía el adjetivo de "mansa" por crecer en zonas accesibles (a veces cultivada) y producir una ceniza muy limpia, suave y con un altísimo contenido en carbonatos.
• La Lava Salvaje: Hace referencia a variedades silvestres y rústicas que crecían espontáneamente en los riscos costeros menos accesibles, como los diferentes salados. Daban una ceniza más fuerte y concentrada (alta en potasio y calcio), pero con mayores impurezas minerales debido al terreno.
El documento exige que ambas estuvieran mezcladas siguiendo la costumbre artesanal por una razón de equilibrio químico: la lava mansa aportaba pureza y facilitaba el blanqueo, pero a veces carecía de la potencia extrema necesaria para cortar la acidez de las cañas más maduras; por su parte, la lava salvaje ofrecía un poder cáustico enorme, pero un exceso de ella corría el riesgo de oscurecer el caldo. La dosificación y calidad de esta mezcla eran tan críticas que el pago al minero se calculaba en función de la efectividad de su lejía en el proceso final.
Conceptos de producción: La «tarea de a 9 calderas»
En la industria azucarera del siglo XVI, la "tarea" no indicaba una jornada de tiempo, sino una unidad de volumen de producción. El proceso en la "casa de calderas" era continuo: el guarapo extraído pasaba en secuencia por una batería o tren de calderas de cobre de diferentes tamaños (recibir, clarificar, melar, etc.) para evaporar el agua mediante fuego. Una "tarea" equivalía a procesar el volumen exacto de líquido necesario para completar un ciclo completo de refinamiento en ese circuito de 9 calderas utilizando la lejía aportada por el minero.
Amagro: Un territorio de uso comunal
El texto nos recuerda el valor estratégico de la montaña y la Vega de Amagro. Históricamente, este territorio constituyó un suelo administrado por el ayuntamiento de Gáldar, aunque de él obtenían recursos también los vecinos de Guía y Agaete hasta el siglo XIX. En el caso de Amagro, la corporación galdense se limitaba a establecer las temporadas de aprovechamiento y vedas de los recursos, así como al cobro ocasional de algún impuesto.
Al tratarse de tierras de realengo ricas en recursos vegetales indispensables tanto para la industria azucarera como para la subsistencia doméstica (pastoreo, recogida de leña, siembras ocasionales y quema de plantas ceniceras), los habitantes más desfavorecidos de la comarca dependían directamente de ellas, lo que generaba constantes tensiones entre diferentes intereses. Debido a esta realidad compartida, el escribano anota en el documento «Amago, en Guía», aunque en esta imprecisión también pudo influir el hecho de que el minero fuera de ese pueblo y el escribano residiera en Las Palmas.
Es preciso señalar que, hasta la llegada de los ayuntamientos constitucionales a comienzos del siglo XIX, solo existía un único cabildo o ayuntamiento por isla (con sede en La Ciudad). Por lo tanto, los llamados ayuntamientos reales del interior de la isla tenían un poder administrativo muy limitado y los terrenos comunales, de propios o realengos pertenecían legítimamente al uso de todos los pueblos de la comarca y aun de la isla.
Pervivencia de las ceníceras y el uso doméstico (siglos XIX y XX)
Con la decadencia y desaparición definitiva de los ingenios azucareros coloniales, la obtención de ceniza en Amagro no desapareció, sino que pervivió durante las centurias siguientes reconvertida para fines domésticos. La ceniza ya no refinaba el azúcar de exportación, pero se volvió indispensable en el hogar para elaborar la lejía tradicional utilizada para lavar la ropa y fabricar jabones artesanales.
Esta actividad continuó siendo tan intensa que quedó registrada formalmente en las actas capitulares. El 4 de abril de 1838, el Síndico Segundo de Gáldar expuso la necesidad de tomar medidas urgentes para evitar la tala de los pocos arbustos que restaban en la Vega de Amagro por parte de los vecinos de Guía y las «ceníceras» locales. Al ser el único punto de la Villa para proveerse de leña de uso común, el ayuntamiento de Gáldar acordó oficiar al de Guía para que sus vecinos no se entrometiesen a talar tabaibas y otros arbustos, decretando además que nadie en Gáldar volviese a hacer ceniza ni sacar más leña que la precisa para el uso semanal de su familia.3
A pesar de estas restricciones para asegurar un uso sostenible, las actas municipales constatan que se continuó obteniendo ceniza en la zona hasta fines del siglo XIX. Por su parte, la tradición oral y la experiencia directa de los mayores extienden esta práctica hasta mediados del siglo XX, manteniendo viva una tradición extractiva que unió indisolublemente la montaña de Amagro con la historia económica y cotidiana de toda la comarca.
Conclusión
Lo que inicialmente parece un simple acuerdo comercial de finales del siglo XVI revela, bajo un análisis detallado, la complejidad técnica de la industria azucarera colonial canaria. El documento refleja la premura por asegurar el abastecimiento, la dura penalización de los retrasos y el profundo conocimiento empírico de la flora costera local. Asimismo, la posterior reconversión de la quema de barrillas hacia fines domésticos demuestra la resiliencia de un recurso natural comunalizado. La montaña de Amagro funcionó, durante casi cinco siglos, como un engranaje socioeconómico vital que unió las necesidades cotidianas de los hogares de la comarca con los grandes circuitos comerciales de la Europa Atlántica.
En la actualidad, el macizo de Amagro continúa expuesto a dinámicas extractivas de gran impacto, por lo que la corresponsabilidad institucional y la participación activa de la sociedad civil resultan imperativas para garantizar la preservación efectiva de su patrimonio.
Domingo Oliva Tacoronte.
Notas

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