Acerina y Tanausú
El 29 de septiembre de 1492, las playas de Tazacorte presenciaron el desembarco del emisario de la Corona de Castilla, Alonso de Lugo. Al principio, la conquista de la isla de Benahoare pareció discurrir con suavidad y diplomacia. Mayantigo, el señor de Adirane, entregó sus tierras bajo promesas de paz, y la mediadora Gazmira logró que varios jefes cantonales bajaran las armas casi de inmediato. Las tropas castellanas avanzaron con paso firme por los distritos de Tihuya, Guehebey y Ahenguare, encontrando solo el silencio de quienes ya habían aceptado el pacto.
Sin embargo, la sumisión terminó en los límites de Tigalate y Tedote. Allí esperaban Zuguiro y Garehagua. No buscaban lisonjas ni promesas extranjeras; el primero estaba dotado de un genio indómito, y el segundo cargaba en el pecho el fuego de la venganza por la muerte de su hermana a manos de los colonos de El Hierro.
Alonso de Lugo, comprendiendo que las palabras eran inútiles contra aquel orgullo, ordenó el asalto. El choque fue brutal. Los castellanos embistieron las trincheras aborígenes, forzando a los defensores a una retirada sangrienta. Los supervivientes de aquella carnicería buscaron refugio al otro lado de los montes, hacia el nordeste de la isla. Desde las cumbres, organizados en rápidos y repentinos grupos ligeros, desafiaron la invasión haciendo rodar troncos desmedidos y descomunales piedras sobre las cabezas de los conquistadores.
Pero el invierno se echaba encima. Al ver el cruel destino de quienes resistían en contraste con la paz de los sumisos, el desánimo cundió entre los benahoaritas. Antes de que las tropas de Lugo se retirasen a los cuarteles de Tazacorte para capear el frío, todos los jefes de la isla habían hincado la rodilla. Todos, menos uno. En los abisales riscos de La Caldera de Aceró, el indomable Tanausú mantenía viva la llama de la libertad.
Al llegar la primavera del año siguiente, Lugo reanudó la campaña con crueldad renovada. Marchó directamente hacia el corazón de La Caldera, topándose con Tanausú y los suyos apostados en pie de guerra en la entrada de Adamancasis. El primer choque obligó a los palmeros a replegarse hacia un risco colosal e inaccesible. Viendo que el asalto frontal era un suicidio, Lugo ordenó un largo rodeo por el escarpado paso de Ajerjo para atacar desde lo alto.
La presión fue insoportable. Desesperados por proteger a los suyos, los guerreros enviaron a los ancianos, las mujeres y los niños a guarecerse bajo las rocas de las cumbres. Pero la montaña no tuvo piedad: aquella noche el frío heló la sangre de los desvalidos. Desde entonces, aquel paraje de horror y llanto fue bautizado por los palmeros como Ayssuragan, el lugar donde se helaron.
Lugo comprendió que una victoria militar en aquella fortaleza de piedra costaría demasiada sangre cristiana, por lo que recurrió a la astucia y al engaño. Utilizó a Juan de Palma, un pariente de Tanausú que se había convertido al cristianismo y servía como faraute. El emisario ascendió a los riscos con una promesa tentadora: si Tanausú se rendía, abrazaba la fe de Cristo y reconocía a los Reyes Católicos, sería tratado con honores y se le permitiría gobernar su propia tierra. El caudillo de Aceró aceptó la propuesta con una condición: los cristianos debían abandonar inmediatamente La Caldera. El pacto se sellaría al día siguiente, más abajo, en la Fuente del Pino, en los llanos de Adirane.
Lugo evacuó sus tropas, pero la desconfianza corroía su mente. Sentado en su tienda esa misma noche, interrogó al emisario sobre el honor de Tanausú. Aunque Juan de Palma le juró que el jefe palmero jamás rompía su palabra, el capitán castellano olió una trampa en tanta nobleza y preparó una celada. Bajo el manto de la oscuridad, envió un contingente de soldados a emboscarse secretamente cerca de Adamancasis, listos para cortar cualquier intento de retirada hacia Aceró.
Al amanecer del 3 de mayo, con el sol ya en lo alto, Lugo avanzó hacia el punto de encuentro con el resto de su ejército en estricta formación de combate. Al ver el brillo de las armaduras y el avance marcial de los extranjeros, Ugranfir, pariente de Tanausú, se estremeció:
—Mira lo que te conviene, que esta gente no trae muestras de paz— advirtió con urgencia.
Pero Tanausú, firme en su propio código de honor, replicó con serenidad:
—No tengas miedo, estamos sobre seguro por la palabra que Alonso de Lugo me ha dado a través del lengua Juan de Palma.
Su fe en la palabra dada fue su perdición. En cuanto los castellanos estuvieron a tiro, Lugo, temiendo que los isleños huyeran de nuevo a la inexpugnable seguridad de La Caldera, ordenó una carga total. La escaramuza en la Fuente del Pino fue feroz y desesperada, pero los palmeros, sorprendidos y superados, fueron desbaratados. Tanausú fue apresado en mitad del tumulto, clamando con rabia contra la traición y la palabra rota del general castellano. En aquel día de Santa Cruz, la resistencia de Benahoare se apagó para siempre.
El orgullo del caudillo, sin embargo, no pudo ser encadenado. Lugo ordenó embarcar a los prisioneros hacia España como trofeos para los Reyes Católicos. Al verse atrapado en la bodega de un navío, alejándose para siempre de los riscos de su amada Aceró, el coraje y la humillación enfermaron el alma de Tanausú. Con la mirada fija en el horizonte perdido, el último rey de La Palma cerró la boca y se negó a probar comida alguna, entregándose voluntariamente a la muerte en la inmensidad del océano, prefiriendo el abismo del mar antes que una vida en el cautiverio.
La tragedia de la derrota caló hondo en el alma de los vencidos, especialmente en Acerina, la esposa de Tanausú, cuyo nombre evocaba la indómita Caldera de Aceró que los había cobijado. Al ver cómo las cadenas arrastraban a su esposo hacia un destino lejano y cautivo, un silencio lúgubre se apoderó de ella. La tristeza, compañera eterna de los benahoaritas en la desgracia, dictó su sentencia. Acerina pronunció la palabra sagrada y terrible: Vacaguare. Quiérome morir.
Fieles a la vieja y solemne costumbre de su pueblo, sus allegados la condujeron al interior de una cueva profunda. Le prepararon un lecho de cálidos pellejos, colocaron a su cabecera un gánigo de barro colmado de leche fresca y, respetando su voluntad soberana, sellaron la entrada con pesadas piedras. En la negrura absoluta de la roca, Acerina cerró los ojos y se dejó ir hasta la muerte en un mundo donde ya no existía la libertad.
A miles de millas de allí, flotando sobre las aguas del Atlántico en el navío que lo conducía encadenado hacia España, su amado Tanausú ejecutaba el mismo ritual invisible. Con el coraje envenenándole la sangre y el orgullo intacto frente a la humillación del cautiverio, el último rey de Aceró apretó los labios ante los mendrugos que le echaban sus captores. Sin cuevas ni lechos de pieles, pero con la misma dignidad ancestral, se dejó morir de hambre en mitad del océano. Las almas de los dos amantes de Aceró se reunieron así en el olvido, unidas por el mismo indomable rechazo a vivir como esclavos.
Recordándolos (Tanausú, 2 de mayo, Acerina, 14 de octubre) regresan a la vida.
(Tomado de Onomástica aborigen de Canarias, de Domingo Oliva Tacoronte, disponible en AMAZON)
Todos los Episodios nacionales guanches en https://atisamagro.blogspot.com/

Comentarios
Publicar un comentario